miércoles, enero 29, 2014

LEO

Desde la ventana del segundo piso al otro lado de la calle, solo se ve la puntera de sus botas militares negras, una apuntando hacia delante, y la otra clavada en el suelo, sobrepasando casi imperceptiblemente el dibujo de la sombra del dintel sobre el suelo. Es un portal de piedra gris de un edificio que parece una antigua casa señorial, con dos escalones hasta llegar a un gran portón de hierro fundido. Está ahí casi invisible sobre el segundo escalón. Cruzar los pies de esta forma le ayuda a mantener el equilibrio cómodo de sujetar la pared mientras espera, casi como si pensase que de caerse un edificio de 10 pisos el pudiese sostenerlo y ser un héroe, o decidir dejarlo pudrirse y desmoronarse. Muestra al tiempo la chulería de saberse esperado, de saber que controla la situación, esta calle, su territorio, son suyos, es su amo. Es un cazador buscando el mejor lugar desde el que esperar a su voluntariosa víctima. Así funciona para Leo, que, en el nombre, se siente afortunado.

 Está cómodo, mueve los hombros para afianzarse, cruza y descruza los pies para que no se duerman de vez en cuando, sin cruzar la línea de oscuridad a sus pies. Si cruzáramos nosotros la calle lentamente, distinguiríamos poco a poco las piernas que suben delgadas bajo unos vaqueros oscuros, negros del todo esta noche. Muy ajustados sobre su esqueleto, ciñéndose en torno a la cadera bajo la presión precisa pero no incómoda de un cinturón de cuero oscuro, con una hebilla plateada grabada en forma de lobo. Un grabado muy bonito que capta nuestra atención sobre lo que el llamaría en tono jocoso su propio tesoro pirata. Un grabado que representa muy bien las cualidades de maestro y líder de la manada. Las cualidades que cree suyas. Decirlo en voz alta probablemente provocaría en él un rugido satisfecho.

Sólo estando a un par de metros intuiríamos su camiseta, clara con un dibujo. La farola de su izquierda no le alcanza lo suficiente para distinguir nada de lo que sobresale de la chupa y sus brazos cruzados. Si la intriga descontrolase nuestra mano, ésta sería inmediata pero educadamente apartada de su torso. No amable, solo educada. Fría. La cazadora impide ver bien nada y le da más envergadura que la naturaleza espigada de su ADN. Le gustaría que fuera de buen cuero. Pensar que fue la piel de una cabra le hace preguntarse toda una serie de cosas desagradables, cosas que pasan claramente ante sus ojos rápidos en una concatenación que se cuelga de su ceño y lo frunce, hasta que, incómodo, carraspea cabeceando. Se detiene. Parece querer callarse a sí mismo y relaja la cara. Por más que intente buscarle el olor a vaca y a sucio clásico de las chupas mientras arruga la nariz sobre una manga, para luego fingir que mira el reloj de su muñeca, siempre viene un tufillo decepcionante a nada específico, y un poco a colonia. Es un gesto habitual, como de habitual es su costumbre de oler el cuello de sus camisas y las camisas de otros cuellos. Mira hacia arriba, buscando el cielo durante unos instantes, pero no se ve nada, la ciudad tiene demasiada luz.
El reloj de su muñeca también es falso, las marcas del tiempo le han empezado a pasar factura corroyendo el metal y perdiendo su color plateado original. Plateado, pero no de plata. De tener una suerte o valentía excepcionales podríamos acercarnos lo suficiente a su lado, en mitad de una noche cerrada como esta, y observar su estrecha boca de labios tallados con dedicación, finos, inclinados en una sonrisa cruel. Veríamos la línea de su mandíbula tensarse aquí, o como la nuez sube y baja lentamente al tragar saliva allá. Sus pómulos altos y marcados, que junto con las cejas ligeramente arqueadas y prominentes enmarcan unos ojos hundidos, que brillan con ese color tan peculiar. Plateado. Como una amalgama hirviendo sobre una forja, el mercurio descendiendo en gotas hasta formar un pequeño charco iridiscente, con un oscuro pozo tiritando de frío o de miedo en el fondo. Unos ojos que nunca son amables, que suelen tener pequeños e irritantes derrames en su océano blanco, en el que oscilan lentamente, siempre aleta, en el que viajan a la velocidad de la luz o navegan despacio. Sus ojos que ahora son casi negros en la oscuridad y sonríen menos que su boca, se ocultan bajo una espesa mata de pelo enredado que jamás se peina, o se despeina a propósito. Habría que llegar muy profundo en el interior de su guarida, sea donde sea que se esconde durante los temporales y esperar  largo rato el momento en el que deje de vigilar, como hoy, cuando no necesita estar pendiente de cada detalle y cada movimiento a su alrededor.
A veces, como los gatos, parece oírse un sonido ronco y vibrante en su pecho, incluso un bufido bajo su respiración que acompaña su perpetuo sarcasmo. Tiene ese aire de conquistador nato, sobre todo desde las sombras, apartándose el pelo tras la oreja y entornando los ojos, pero al apartar los labios, sus dientes manchados de mal vivir, con unos colmillos prominentes y amenazadores, le hacen pasar de posible príncipe gualda a canalla. Lo cierto es que parece que ha debido olvidar la sonrisa sincera o no aprenderla jamás.

Se apaga y vuelve a encenderse una farola a su derecha, Leo enciende un cigarro que saca del bolsillo interior de su chupa. Otra luz en el edificio de enfrente se apaga captando su atención un segundo hasta que el mechero la recupera. Su nariz y su frente aparecen de pronto en la oscuridad, brillando por un instante como un árbol de navidad o uno de esos carteles de neón cutres. No es que pueda ser asegurado, él nunca lo admitiría, pero de pronto una punzada de nerviosismo lo recorre y se remueve en su escondite para salir por fin bajo la luz de las farolas. Es más alto aún de lo que parecía al estirarse. Mira su reloj de nuevo y da unos pasos hasta el borde de la acera donde un coche verde aparcado y una papelera gris comparten espacio, un poco más a la derecha hay un cubo de basura antes de llegar a la siguiente farola. La impaciencia está ganando esta partida, y en su imagen perfecta e impoluta comienza a abrirse la brecha de una duda que lo carcome, o de un dolor, la sospecha de que puede que no sea infalible. Se rasca la cabeza y mira la ventana recién apagada desconcertado, solo por un instante, luego la puerta del bar de la esquina derecha que se abre para dejar salir a un grupo de amigos. No quiere verse ahí de pie como un pasmarote, así que gira sobre sus talones hacia uno y otro lado, vuelve hacia el portal. En el trayecto cambia de opinión, se deja caer en el lateral del coche verde, su espalda se tensa y encorva mientras agacha la cabeza y la gira a ambos lados de la calle,  como si estirase el cuello, pero no hay nada casual en este gesto. Busca. Busca señales acercándose. El sonido de unos tacones, la luz del ascua de su cigarro consumiéndose, el humo blanquecino formando volutas alrededor de su pelo recién cortado. Había ido a la peluquería, seguro que dijo eso, ella siempre iba una vez al mes, eso tenía que hacer hoy y ya debería haber vuelto a casa. Pero no aparece. Ni ella ni los labios de cereza que imagina cuando cierra sus ojos. Esos labios cortados manchados de sangre, de llanto un día, cubiertos de helado otro, labios que saltan rápidamente a la sonrisa. Se gira y apoya las manos en el coche apretando los ojos, de pronto los abre de golpe y su corazón se dispara, sus sentidos se agudizan cuando el débil repiqueteo de unos pasos rápidos llega a sus oídos desde la derecha de la calle. Debe volver a su escondite y aguardar desde las sombras, puede hacerlo sigilosamente, sin que se note, como si nunca hubiera estado allí, antes de que le vea. Ese debe ser su plan. Pero pegado de nuevo a la puerta, escucha por fin otro par de zapatos, y mientras ella pasa de largo frente a él colgada del brazo de otro y cruza la calle, justo en el punto donde se encuentra el coche en el que se ha apoyado, su respiración se detiene un instante, sus ojos permanecen fijos y vacíos, casi opacos.

El cigarro se cae consumido de la boca al suelo. Entiende, una fracción de segundo demasiado tarde, que le ha visto, ha tenido que verle. Ha localizado sus ojos brevemente para clavar con una sonrisa su propio ataud. Ha dado justo en el centro, desmoronando por un instante toda su armadura mientras se sujeta a sí mismo contra la puerta, doblado sobre su estómago, y se desliza hasta sentarse en el suelo. Aprieta las manos sobre sus rodillas para no salir corriendo hacia esa bruja y arrancarle su marchito y despiadado corazón del pecho, o para no llorar pidiendo socorro. Queda así escondido antes de que otra sonrisa cereza e irónica le atrape mientras le abandona en la calle y sube los escalones a una habitación oscura donde no estará sola, donde otro la tocará mientras sigue fingiendo que no conoce a Leo. Que Leo no está ahí viéndolo todo. Mientras mira a través de él a ningún lugar, casi con satisfacción.


La ventana del segundo piso, recién apagada, es la mía, desde ella le observo desde hace una hora. Le conocí una vez hace mucho tiempo en otro lugar, y le he visto tantas veces últimamente. He escuchado su voz profunda desde la pared de al lado imaginando que me hablaba. Mi ventana es justo la de al lado de ella. Tantas noches ha recorrido esta distancia con ella colgada en su brazo, sonriendo con amargura, mirándola indiferente. No podía saber que él ha estado aquí todo el rato por ella, sin saberlo quizá tampoco él, esperando por nada. Parecía tan seguro, inalcanzable al dolor y al amor. Siempre. No podía saber que es otro desgraciado apretando los puños preso de la rabia de verse arrastrado, de la impotencia que le invade sentirse ninguneado, y de una quemazón amarga que nada cura hasta que uno se quiera curar. No puedo salvarle, y no siento lástima, Leo odiaría la lástima, pero quisiera que se salvase. Le dejo solo tragando este aire marchito en el que se perderá. Cierro la ventana y sé de pronto que ahora lo sabrá, atento como está a esta pared, sabrá, como siempre sabe ciertas cosas sin que yo sepa cómo las sabe. Sabrá que le estuve observando. Y siento miedo por mí, una punzada de pánico me tira al suelo donde me ovillo y apretó las manos, o por él, mientras sé que atraviesa el hueco entre mis cortinas con esa mirada suya en la que hierve el acero más frío.

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