martes, enero 08, 2013

Una noche como esta

Una noche como esta hablé contigo. Una noche como esta te conocí.

Una noche como esta me di cuenta de cuantas cosas me escondía, y que tú poco a poco ibas levantando las capas que había entre nosotros. Sin darnos cuenta. Una noche como esta. Y entonces creí que estábamos destinados a estar juntos. Precisamente por cómo me desnudabas ante  ti, pero sobre todo porque yo me dejaba.

Una noche como esta me hiciste daño. Varias noches como esta. Recuerdo ver cómo te alejabas, recuerdo la indiferencia, tu amor que no era por mí y que me mataba. Sin darme cuenta. Y me quedé, pasara lo que pasara me quedé. Decidí no separarme de ti en una noche muy parecida a esta. Quizá no porque fueras lo más importante, quizá no porque me hicieras siempre feliz, quizá solo porque a ti te dejé entrar, a ti te dejé quedarte, a ti me rendí, en ti confié, por ti me dejé herir.

Una noche como esta supe que no podía seguir rindiéndome una y otra vez a este dolor amargo que me hace daño en las encías, en la nariz, en la lengua, esa quemazón que va bajando lentamente por mi garganta y forma nudos en mi cuerpo que estallan. Supe que el pánico ante la idea de vivir sin ti era menor al pánico de no poder hacerlo. Y decidí separarme de ti, en una noche justo como esta.

El viento sonaba fuerte contra la ventana. Las copas de los árboles se balanceaban. Pero dentro de mi cuarto los únicos que sonaban eran mis pensamientos. Rebotaban contra las paredes de mi cabeza, me llevaban del terror a la tristeza, de la angustia al lamento, de la histeria al agotamiento. Como si fuera en una vida pasada veía las risas danzar, los pequeños momentos que brillaban ante mí, y la luna muy al fondo diciéndonos que nos fuéramos juntos a París. O a cualquier otro lugar. Juntos. Hablaba contigo, o quizá no te hablaba, pero estabas ahí, eras lo primero y lo último en mi cabeza. Y yo giraba en la cama y durante un segundo cerraba los ojos y pensaba cómo sería todo si me quisieses. No sé si lo deseaba en el fondo todas las veces, pero sé que pensaba qué sería de mi vida contigo junto a mí. Y nunca llegué a tener una imagen clara. Solo esa sensación de haberte dejado entrar, quedarte, hacerme feliz, hacerme sentir bien y mal, sonreír y llorar, crecer otra vez como si todo fuese nuevo y equivocarme, y consentirte, y enamorarme.

Esta noche miro el teléfono, no estás ahí. Miro los huecos dentro de mí, no estás ahí. Miro mi armario, bajo mi cama, entre los mil rincones de cosas de mi cuarto. Pero nada. Trato de cerrar los ojos y ver los tuyos, y no siento alivio, no siento nada salvo un montón de rencor acumulándose, porque siempre tengo que buscarte yo. Trato de concentrarme en cómo creía que podía ser, en cómo te he dejado entrar... y no. Es como si toda la parte tierna e inocente de mi amor se hubiese evaporado. Trato de pensarte sentado en algún sitio pensándome, y te pienso acompañado de todos tus trofeos, de todas tus musas. Te pienso ignorante de lo que hay bajo todas estas capas, con todas las llaves y sin buscar las cerraduras. Y no lloro, no se si es gracioso o triste, pero no lloro. La ira es demasiado grande. Me quedo mirando a la oscuridad, mirando el móvil, buscando dentro de mí algo que me salve. Un cabo suelto que me devuelva a ese barco en el que disfrutaba de ti aunque hiciese daño. Porque no te veo hundiéndote en mitad de la tempestad por mí, para rescatarme.

Porque miro a mi alrededor, miro lo que pasa, miro como ocurren las cosas, como el verano es otoño y después de la navidad va llegando poco a poco la primavera, y por primera vez lo que más me aterra es el momento en que se acabe toda esa dicha. Porque veo en algún lugar una noche como esta en la que adiós no sea un ultimátum ni una indirecta.