viernes, septiembre 10, 2010


Cuando trato de recordar quién era hay una página en blanco. Intento traspasar las fotografías y llegar hasta mi cabecita morena llena de rizos, llegar hasta los pensamientos que flotaban en ella, lo que quería, lo que deseaba con toda mi alma, qué añoraba, cómo quería ser, con quién me identificaba, mis expectativas de la vida, de mis relaciones, mis valores... Pero la respuesta es una página en blanco en la que flota el humo, ya no sé quién era, lo he perdido, y tampoco sé quién soy.

Trato de buscar entre recuerdos los primeros días, aquellos en los que yo era "mortalmente sincera", aquellos en los que aún no te quería y sólo jugaba y ahí si era verdad. Los días de mus, de hablar toda la noche sin descanso sobre nada en concreto, de salir a la calle con toda la seguridad del mundo, de contar las horas en vez de los minutos, de no mirar el móvil en un día. Momentos en los que todo mi mundo estaba en el vaso del starbucks, demasiado dulce pero no tanto, en el que esta escrito shizu. Cuando todo comienza de ese modo es excitante, te enciende la piel, te arrasa el mundo de un día para otro y no te das cuenta, pones la única ilusión que has tenido nunca en ese momento. Pero cuando acaba y lo hace como lo hizo, pierdes toda la esperanza de ser algún día normal, pierdes las ganas de amar, de que te amen, la confianza en el ser humano y en tí mismo, toda tu fé escapa por la ventana mientras te sientas a llorar, a angustiarte, a preguntarte una y otra vez qué hiciste mal, qué falló, cómo pudiste dejarte engañar.

Y en el segundo tiempo llegas sin ganas, llegas amargado, llegas sin ninguna intención de hacer nada, llegas expectante. Crees que en el fondo nada ocurrirá, que independientemente del tiempo que pase el resultado en la ventana será el mismo, las noches de amargura serán igual, el dolor que parece abrirte el pecho... y efectivamente, así pasa.
Aún sin que hubiera ocurrido nada, aún sin que el tormento de que nunca nada fuera suficiente, la sensación de ardor en la boca al notar que todo lo que alguien quiere de mí es todo lo que no soy, que todo lo que amo no va correspondido en mi misma dirección, que haga lo que haga no hablo el mismo idioma que mi interlocutor, que intente lo que intente al final perderé todo lo que tenga, sea mucho o nada. Y la forma de enfrentarme a ese redil, de evitar volver a ser la ilusa que creyera que todo iba a salir bien, que era mi oportunidad, mi enfrentamiento al aislamiento, al dolor, a la verdad y a las heridas, mi enfrentamiento a los enfrentamientos, ha ido cambiandome. Quizá antes fuera un monstruo, pero era un monstruo reconocible, uno que decía lo que sentía hiriese o no, uno que decidía en qué dirección iba aunque nadie le siguiese, uno que si metía la pata daba la vuelta y pedía perdón, pero no se arrepentía de nada, o casi. Ahora simplemente el estrés y la presión, lo mucho que era capaz de mentirme a mí misma, la actividad, la frialdad estúpida, me encaminaban poco a poco a esto. Y cuando llegué y pude mirarme a los ojos en el espejo sólo quise decir adiós, esconderme en un rincón poco habitable y pasar allí las horas hasta que tenga fuerzas para intentar recuperar lo que soy, hasta que tenga fuerzas siquiera para pensar en perdonarme.

Todo lo que queda de mí sigue siendo tuyo, y de alguna forma debe dejar de serlo, digo yo.