miércoles, agosto 25, 2010

Walk

He econtrado a lo largo de años imágenes sorprendentes que no llegaron a sorprenderme jamás, situaciones atípicas que no encontraron en mí más que indiferencia, e instantes eternos que no me dejaron cerrar los ojos al dormir. Y aún así me dejo ser en la vida, me dejo vivir, me dejo pasear por una avenida indiferente y me paro a mirar, porque busco, como muchos buscamos, ese contacto que erice el vello de mis brazos, que vuelque mi estómago, que me haga sentir que floto... para quizá algún día escribir sobre ello, cantar sobre ello, bailar para recordarlo resbalar sobre mi piel.

Y entonces llega ese momento que te mueve el suelo bajo los pies y te lanza al espacio, ese en el que debes de considerar que no eres todo lo sabio que creias, todo lo adulto, que tu corazón no es de hielo y tu piel también se estremece cuando los dedos se deslizan sobre ella, que tus labios, inconscientemente se mueven al compás de otros, y con el tiempo sientes como despiertas de nuevo al mundo y todo terminó.


Y es cuando entiendes que todos estamos solos, perdidos, que todos nos hemos caido en un agujero infinito, en esa madriguera de conejo donde Alicia se cayó. Nos rendimos ante la remota posibilidad de sentir, de emocionarlos, de tocarnos en mitad de la oscuridad para no sentirnos solos, de decirnos aquí estaré siempre aunque no lo cumplamos.



Y un día la sombra que camina a tu lado desaparece, y la sensación de vértigo, y te sientas sobre tus tacones a pensar, en mitad de la nada mientras el frío te invade palmo a palmo, y las gotas de lluvia, llegando en el mejor momento, mezclan tus lágrimas con el resto de tu abotargado rostro. Crees que el agujero que te reconcome no cerrará jamás, y sientes el profundo deseo de lanzarte al vacío. Dejar de pensar, de actuar, dejar de tener que mirar a otros a los ojos para decir: estoy bien, todo va bien, cuando nada es así, cuando el tren que cruzaba tu vida solo te ha arrollado. Te sientes solo, frustrado, la amargura sube desde la boca del estómago hasta las encías, y se establece para nublarte el gusto, el olfato, la vista, el tacto. Para decirte al oído con el odio infectando cada sílaba, que no olvidarás, que no podrás perdonar nunca, que Dios te ha abandonado de nuevo.

Nada dura eternamente, se rompe y se te clava cuando das un paso en falso.

Y algo te rescata entre las olas de desgracia, te acoje, te seca las lágrimas, pero por dentro no dejas de decirte que sólo es reparar lo que volverán a romper, que sólo es dar un paso adelante por todos los que tendrás que dar atrás. Nada ni nadie te salvará, todo acabará decepcionandote tarde o temprano. Que no es posible que nada dure eternamente, que nada se salve del hastío, la ignorancia o el tiempo. Que todas las historias que oímos sobre la perdurabilidad del amor y la emoción son sólo cuentos de hadas...


Baila sola, deslizate hasta la inconsciencia, y aún así seguirás sin saberte tuya, sin estar completa, sin quererte tanto. Porque no es si no en otros que nosotros nos completamos. Y quizá precisamente eso es lo que nos hace infelices todo el rato.


Cuídate el corazón

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