miércoles, marzo 24, 2010

Un recuerdo en la nevera

Querido amigo

Te escribo por lo extraordinario de este día, hoy (no vas a creerlo) me he encontrado con un viejo amigo nuestro. Seguro que tus baúles empolvados recuerdan los torbellinos que el alma extravagante de Carlos solía formar en torno a historias sobre lejanos tesoros, y piratas de hoy y de ayer, como siempre.

Pero no son solo esas las noticias. ¿Me creerías si te dijera que nuestro amigo perdió esos recuerdos? Cuando le pregunté qué hacía vagando sin rumbo no supo de qué hablaba, como si su errático camino no fuese de hoy, si no de tiempo atrás, como si el espectro que veía ante mí no fuese consciente de su demacrado aspecto, antes jovial y venturoso. Cuando hablábamos lentamente de viejos tiempos le pregunté que leía en aquel momento, cómo cualquier otra pregunta, sin objeto alguno, lanzada al azar. Y parece ser que el azar acertó en la diana más oscura. Se me quedó mirando embobado, como si hablará de otro planeta. Sinceramente le envié a tu casa porque me dejó preocupado. Nunca vi nadie tan perdido, o no me paré a mirar lo suficiente.
Su olor habitual, dulce y fresco, su boca brillante, que cacareaba en risas estridentes que inundaban el cuarto; sus ojos amables, que te invitaban a abrazarlos y besarlos; todas esas cosas habían desaparecido de su rostro, dejando apagada su piel, su pelo, sus ganas de vivir el mundo, como en los cuentos. Sí, como cuando de pequeños guiábamos nuestras bicis (o ellas nos guiaban a nosotros, no sé) y nos tumbábamos en el césped a leer, a compartir inquietudes.

¿Qué clase de medicina puedes darle a quien parece haber perdido el alma, el duende que habitaba ruidoso sus párpados, y entrelazaba sus pestañas para salir volando a otro mundo, pasando hoja a hoja la vida? ¿Qué haces para recuperar ese extraño qué se yo que le tele transportaba al estado donde la materia es casi invisible, translúcida como la seda que cubría su cabeza; esa presencia ingrávida que invitaba a vagabundear por palabras suavemente musicales? Yo no lo sé, y tú, con tu radiante sabiduría, con esa magia que te traspasa en tus lecturas y quehaceres, sabrás mejor que yo guiarle, enseñarle de nuevo a sustentar su vida en esas sagradas caricaturas que la vida, la lengua y el seso llamaron letra.

Odio descubrir lo que la dejadez hace al mundo, como va royendo lentamente, carcomiendo la existencia. Como el dejar de leer y de pensar mella las personas. No lo sabía hasta hoy, y lamento haberlo descubierto de esta manera, reconociendo esa cara antes amiga entre la multitud, callado, apagado y gris como jamás imagine encontrarlo. Tú nos avisaste, pero él no escuchó, prefirió las chicas y las cervezas a beber el elixir cálido que sabía y aún me sabe a cereza, que me toca con la misma sensación fría y húmeda. Eligió los eventos sociales y las relaciones míseras que los envolvían, en vez de rozar esa fina y esponjosa capa que recubre misteriosa los relatos célebres, y los no tan célebres, el crujir de sus páginas y requiebros.

Pero me congratulo en comunicarte, sin embargo, que yo si seguí tu ejemplo, y leí, y pensé, y opiné, y salí a la calle siendo persona, y desperté con lágrimas en los ojos tras una trágica escena y me dormí entre mil sonrisas con una breve comedia. Me acuné en rostros que acuñaban viejos mitos, viejas soledades, viejos fragmentos agradecidos o degradantes, analíticos y desesperantes que emborronan el cerebro unos instantes para recobrar la luz en un punto muerto. Hoy leo lo que la vida, rítmicamente, me permite, y lo que no.

Espero impaciente un tiempo dorado en el que volver a sentarme a tu lado y compartir esta melodía firme pero sensible de las hojas pasando y nuestros ojos registrándolas. Ojala arregles el desencanto de Carlos, y volvamos a sentarnos, así, los tres murmurando. Él, que no supo que cuando uno pierde el don que la lectura otorga, pierde el amigo que la acompaña, la calidez espontánea de la vida que cae en gotas fragantes, el conocimiento de la propia existencia. Él, que muere brutalmente en regazos que decidieron obviar el sufrimiento de perderse, sin haber vivido apenas un segundo, sin haberse conocido apenas un momento.

Tu amigo que te quiere.