miércoles, marzo 24, 2010

un lugar lejano

Lo más lejano que puedo traer a mi cabeza es el pasado. Recuerdo un lugar tranquilo y apartado de Asturias, donde mi abuela se crió durante la Guerra Civil. Los caminos son de piedras, a veces los atraviesan pequeños riachuelos que en primavera detienen al viajero poco preparado. Allí, una casa casi en ruinas asoma sus ventanas ya cascadas a la luz. Junto a uno de los laterales de la casa un enorme prado en miniatura se despliega ante mis ojos descubriéndome mil cosas que no comprendí y el tiempo me enseñó.
El cielo siempre cargado amenazaba a todos los habitantes, pero yo permanecía en el jardín, inalterable a otros sonidos que no fueran el silencio y mi propia risa, a otras imágenes que no fueran hormigas al pasar cargadas de comida. Un gato oscuro me miraba desde un rincón escondiéndose de las nubes bajo las ramas de un nogal. Yo no me escondí. Minutos más tarde comenzó
Caía lentamente, besándome el pelo, la cara, los brazos, los pies. Esa amarga pero suave y tierna. Invisible prácticamente. Mojaba de forma distinta, y cuando después oí calabobos no encontré explicación, pues parecía un baño apacible de tranquilidad y respeto. Que mojaba lentamente cada rinconcito de forma concienzuda y eficiente, pero que no alteraba tus sentidos, que no molestaba al pasar lamiendo el cuerpo en su camino al piso. El olor. Nunca podré dejar de sentir el olor a tierra mojada en mis fosas nasales, cuando pienso en aquel trozo de hierbajos azotado por el aire, que desprendía ese aroma amargo de entrañas expuestas. Pues toda la vida de la tierra muerta explosionaba en su contacto con aquella ducha fina que me cubría ya los ojos.
Aquel paraíso lejano de ingenuidad y respeto por lo extraño, de admiración, de paz inocente no regresará jamás. Y por muchas veces que busque hoy entre las ruinas de aquella casa que el tiempo ha maltratado tanto, doce años han cambiado el punto de vista, y con él, lamentablemente, el paisaje.


Jommy Nivek

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