sábado, febrero 27, 2010

Rosas


Suponía que cuando la gran mayoría de mi mundo hablaba de aquellos días lo hacía por pura nostalgia, no porque esperaran que permaneciera así toda la vida, eternamente ligada a aquella casa y a aquel patio. No era que no me gustasen, no era que no los hubiera amado en cada momento que respiré sus aires y oí los rumores de unos y otros yendo y viniendo. Junto a la ventana en la que reposaba mi mirada, frágilmente, las emociones de un nuevo descubrimiento del pequeño, o de un ascenso del papá, me embestían con furia, desligándome de mi serenidad de siempre. En aquellos momentos no era yo. Puede que por eso, los que me rodeaban más íntimamente, como enjambres ansiosos de libertad, me instaran a escapar de aquella ilusión y volar como los pájaros que ensuciaban mi trocito de mundo: mi ventana blanca cuidadosamente orientada al sur.

Una mañana, poco después de que acabase el verano, estaba distraída, mirando la hierba en un intento de evadirme, resguardándome del viento que empezaba a soplar en los alrededores. Entonces sentí un estallido en mis entrañas, un fogonazo inexplicable de furioso dolor, como si de mí brotara más sangre de la que creía tener. El ruido de mi alma vertiéndose en el piso verde y me hizo perder el aliento, tambalearme unos instantes y después caer estrepitosamente en aquella alfombra de tejidos hoscos y frescos que me provocaba tanto.
Si he de ser sincera, siempre había soñado con poder descender a aquel suelo húmedo y pasear relajada entre sus flácidos brotes, pero nunca había ocurrido de este modo en mis sueños.
El golpe contra el suelo me dejo momentáneamente aturdida, pero una nueva ola de dolor me despertó y no fui capaz siquiera de echar un vistazo a la herida lacerante que notaba en el vientre. Traté de huir, de aferrarme a la vida, o al primer ser vivo que pasara y largarme.

Un rostro amable entre los jadeos de mi vida que iba apagándose poco a poco. Me mira ceñudo, ¿no ve que me muero? Trato de gritarle que me ayude, que me saque de aquí, que llame a un médico. De repente sonríe, ojala me saque de aquí. Pero no me mira a mí, a mi derecha, otra como yo, más grande y cálida, le mira con ojos tiernos aguantando el mismo sufrimiento bajo las delgadas líneas que enfundan nuestras peculiares siluetas.
Entonces suavemente la separa del grupo, y con un placer casi sádico, la despelleja allí mismo, ante nosotras, desnudando todo su ser a su antojo, dejándola desprotegida del mundo, llorando a lágrima viva, pero callada, siempre silenciosa. Una y otra vez atacaban con las manos la piel brillante y tersa de mi compañera, y por un instante, más que rabia y envidia, sentí pena. Porque su muerte sería el peor de los horrores posibles.

El resto somos estampadas contra el suelo al final de esta estación peligrosa e ingrata. Yo apenas puedo creerme que este ocurriendo, pero siento como el dolor se aleja lentamente, siento que mi visión se nubla y me voy desmembrando conforme el viento arrecia. Mi cuarteada piel va marchitándose y volando poco a poco, es rodeada por miles de insectos que pretenden arrancarme ese único vestigio de dignidad que aún protejo entre mis brazos. Aún era joven, ni siquiera conocía bien el nombre de las que me rodeaban.
Pero así fue como la familia del numero nueve de la calle Azalea arregló su vida aquella tarde, cortando el rosal al que yo pertenecía, dejando a la reina de las flores desangrándose en la arena.

Jommy Nivek