sábado, febrero 27, 2010

Las costuras del dolor

-Hay algunos días que me siento en la cama mirando a ninguna parte en la pared y empiezo a sentir que el agujero que habita en mi pecho va tragándose lo que me queda de alma. He sido tanto tiempo una muñeca rota pasando de malas manos en malas manos... Soportar mentiras, engaños, dolor, enamorarme y caer, ilusionarme en silencio para golpearme una y otra vez contra un techo transparente sobre mi cabeza que no desea que huya, que quiere que siga sufriendo indefinidamente, hasta que deje de intentar ser perfecta aún. Hasta que el monstruo que habita mezclado en mi sangre ruja pidiendo sangre y la obtenga.

¿Qué me ha pasado?

La ira alimenta algo en nosotros, generando una violencia extrema con la que golpeamos a quien nos enfrenta; pero para los pocos supervivientes del mundo que aún tenemos conciencia, el dolor de descargar el primer golpe es más intenso que la satisfacción. Y al final una suerte de arrepentiemiento, un sentimiento de culpa, una lágrima que pide perdón de rodillas, se resbalan hasta el suelo y piden clemencia, piden deshacerse de sí mismos.
Puedes llamarlo ironía, crueldad, destino. Yo creo que viene dado en mi naturaleza ser como soy, continuar un ciclo de desgracias que alcanza lo infinito en ciertos puntos, y que puede lo mismo liberarse en una acción que alimente mi expiritú que en una que acabe por reducir a cenizas todo lo que me queda.


Habría deseado a veces saber lo que pensaba cuando se ponía triste, seria o borde. Me hubiera gustado escuchar algo como esto. Algo como las cosas que escribía en sus diarios, o lo que significaban las pinturas que colgaban de la pared de su cuarto. Pero eso nunca pasaría entre nosotros.
Cuando dejó de hablar de tonterías y de sonreír como si alguien le clavara agujas bajo las uñas, se alejó caminando hacia el bar. Yo aún creía que podría permanecer a su lado para siempre, por mucho que doliese intentarlo.

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