domingo, abril 19, 2009

Perder un beso

El día que cogió el libro entre sus manos y te miró a la cara fue un día feliz, un día que pareció durar siglos, pero no lo hizo. Estaba sentada a tu lado y te sonreía, una sonrisa sincera, igual no era la sonrisa más bonita del mundo, pero era solo tuya. ¿Acaso eso no te hacía henchirte de felicidad, mirarte al espejo con otros ojos cuando salías en su búsqueda? Lo más probable es que en aquel momento no te apeteciese ir a ningún sitio, salir de casa y pasar frío mientras la conversación degeneraba en pavadas adolescentes, que eran menos propias de vosotros que aquellas llenas de palabras muy profundas; pero salías y la buscabas y la encontrabas esperándote apoyada en algún lugar, luciendo unos vaqueros desgastados, unas deportivas, a veces una pulsera o un reloj nuevos, a veces un bolso enorme repleto de sueños, y, siempre, la mirada puesta a lo lejos.

Tu nunca lo pensaste seriamente, o quizá si, pero ella nunca lo supo. En el fondo la amabas como a nadie, cada vez que abría la boca para hablar tu te quedabas absorto en su voz. A veces, incluso, te abstraías tanto que perdías la noción del resto del mundo que os rodeaba. No sabías en absoluto porque deseabas beber cada nota de la desdibujada comisura de su boca. Sus muecas eran una suerte de señas de identidad, mirar sus labios y verlos actuar por cuenta propia, te atraía al punto de desesperarte. Igual me equivoco, pero cada día que pasaba dependías más de su constancia, de su buen saber, de sus niñerías cómicas y reconfortantes, de su pelo que se te enredaba en las manos cuando tratabas de mimarla. Las horas eran dulces, incluso empalagosas. Pero tú, y yo, sabemos que no las hubieras cambiado por nada.

Un día mirabas el cielo, y notaste pasar por su cara, el disgusto más sombrío que habías visto hasta la fecha. Sus iris color avellana estaban clavados, borrosos, aullaban dolor mientras ella retorcía sus manos en el regazo. Te giraste y la abrazaste callado, sin decir nada de nada. Apoyaste su cabeza en tu hombro y la besaste tiernamente la coronilla encrespada. Ella no lloraba realmente, el mundo no era blanco o negro, solo invisible. No la conocías para nada. Siempre te sorprendía con una nueva interjección o una palabra carente de significado o propósito. Era tan imprevista como una tormenta a mar abierto, pero nunca hubieras imaginado, considerarla igual de destructiva. Tratabas de ayudarla, pero no la entendiste nunca, y eso te alejaba tanto de sus argumentos, que te sentías todo lo pequeño que podías sentirte, insignificante ratoncillo pardo, coleteando entre una muchedumbre de caras desconocidas, de muñequitas de porcelana nuevas, como ella.

Cuando la dejaste ir, aquel día, ella te devolvió el beso, esta vez en los labios. Tu cara era de absoluta perplejidad, nunca lo hubieras imaginado, ni siquiera fuiste consciente de lo que había ocurrido realmente en un principio. Pero al girar el auto y ver su rostro en la ventana vigilándote de reojo, te sentiste avergonzado, sentiste como si no pudieras levantar los pies del suelo para continuar, regresar a tu casa. Por eso continuaste allí de pie, sin pensar ni existir, sin reaccionar, sintiéndote desarmado por completo, entristecido.

Justo entonces, comenzó, lo que para ti fue el final. No podías mirar a esta nueva muñeca con los mismos ojos. Era imposible que fuera la misma que te agarraba la mano, la que se sentaba inocentemente en tu regazo, y te revolvía el pelo. Todo era igual, sí, pero la muñeca había cambiado. Lo veías en cada movimiento de cabeza, cada vez que tratabas de hacer tuyas sus manos o su cintura, su pelo; allí estaba su calidez esperándote, abierta para ti, respirándote en la cara, en el cuello. Rehuías encontrarla porque ansiabas hacerlo. Y cuando tropezabas con su presencia, los gestos hasta entonces más cotidianos, se volvieron una lucha a muerte, acallada si, pero a muerte. Fuiste yéndote con el tiempo, te alejaste tanto de vuestro camino que perdiste su luz, perdiste su guía, perdiste el modo de regresar.

Ella te observó, puede que tú no la vieras, pero ella se escondía para espiarte, te veía desaparecer y trataba de alcanzarte con la voz, pero tú no oías nada, ni mirabas en la misma dirección.

Puede que algún día recuperes el camino que te llevaba a ella, y así consigas quererla, amarla, atrapar la mariposa que aleteaba en su rostro sin dañarla. Hoy por hoy solo puedes mirar atrás y ver lo que recuerdas con melancolía, enmarcado en su perfume dulzón. Y da rabia, da tanta que hiere, sangra perderla. Tu muñequita no esta, sus ojos avellana, su pelo oscuro, sus palabras amargas. Ya no esta su cabeza reposándose, su cabeza loca, enamoradiza, sabihonda. No queda de ella más que sus comisuras bañándose en tu boca inmóvil, alucinada, mientras en tu cabeza resuena lo que lo resonaba aquel día: bésala cobarde.


Jommy Nivek