jueves, diciembre 25, 2008

Para mi pkñ

Qué demonios se puede hacer cuando una persona te importa tanto como para arriesgarlo todo.
Cuando no puedes creer en él, pero lo intentas.
Cuando al no tener nada que dar,
buscas entre los escombros de baules viejos.
No se...
No hablo de corazones destrozados ni emociones encendidas.
Hablo de relaciones humanas llanamente.
Del sentimiento que recoge un te quiero sincero.
Y todavía oigo preguntar: ¿por qué se perdió el romanticismo?
Lo encerramos en una jaula y lo aturdimos hasta volverlo inservible.
Le dimos tantas palabras y rostros que se volvió ciego y loco.
No entiendo a la gente que divulga un te quiero, entre un montón de paja.
Un te quiero es sincero.
Amable.
No busca compañia en los ojos de quien lo recibe.
Un te quiero no es apasionado.
Ni necesariamente sensible.
No es sobervio.
Es atento.
Delicado en los oídos y estrambótico en el corazón.
No tiene alas, y sin embargo lo empujamos a volar.
No tiene voz, y lo empujamos a cantar.
No es violento, ni consentido.
No es egoista, ni cauteloso.
No es celoso.
Es austero e inflamable.
Es poderosamente humilde.
Es calmado.
Nunca es acusica.
Ni siquiera conoce la falsedad del hombre.
O los engaños que traen entre manos quienes lo pronuncian sin sentirlo.
Es voluble en su estabilidad caótica y luminosa.
No es envidioso ni cobarde.
No es sólido pero siempre es abarcable.
Es facilmente herible en su dulzura utópica.
En su tranquilo pasear de boca a boca,
de oreja a oreja,
de ojos a ojos,
de corazón a corazón.
Y toma siempre a la mano amiga que se tiende, que ilumina el campo oscuro de sabia incógnita.
Un te quiero es un te quiero.
Es INDEPENDIENTE de su dueño.
No necesita precedentes.
No tiene fronteras.
Un te quiero, es lo primero que me gustaría que oyeras de mis labios, pequeño.
Hoy, esta noche triste y fría, de cadencias igualmente tristes.
Entre las brumas de una lírica moderna, que afecta tu ánimo como no lo afectan mis lágrimas,
ni estas letras.

Te quiero pequeño.
Por encima de lo que nunca pensé quererte cuando charlabamos mientras el calor abrasaba las calles

lunes, diciembre 22, 2008

Cuentos de luna y fuego


Cuentan, y creo que no más por contar, que en una tierra había una niña de una belleza vulgar, nada de príncipes, nada de princesas, nada de zapatos de cristal. Los vecinos decían que al diablo llevaba en las venas. De castaños negros sus cabellos teñidos. La luna en las pupilas tatuada, de tantas veces que mirando al cielo ésta le traspasó el alma. La niña solo cantaba a la luna en noches frías, nanas de vino, nadas de pan. Vivía en una casita, altos techos, altas vigas, y una ventana a poniente donde despedir el día. Y una tarde de esas que sol doraba a la altura de la panza, escapó la niña a su ventana, alzó la vista a poniente como siempre obsequiada, y deleitó sus ojos en una tibia marea de cálidos rescoldos. Y no sabía porqué, pero una lágrima se deslizaba lentamente mejilla abajo, abriéndose paso por la piel cuarteada y las pecas desperdigadas, abriéndose paso por la inocencia de su carne rosada y tibia, y al pasar por la barbilla, allí donde terminaba un rostro de más y de menos, se despegó de su trayectoria y fue a estamparse con el suelo, provocando un sonido tenebrosamente hueco. Y fue entonces, quizás, cuando la niña que sonreía la luna, la niña que levantaba el cuerpo de la cama lentamente, la que caminaba descalza para sentir el tacto del suelo, la niña que miraba atardeces y amaneceres por gusto; creció de pronto. Nunca supo nadie porque, el tiempo se aceleró desde ese día, y cuarenta años después se sigue preguntando qué sería de ella si hubiese mirado al sol de frente y le hubiera cantado las cuarenta, le hubiera dicho que estaba cansada, que no quería mas atardeceres, ni mas imágenes, ni más calor, que se quería a sí misma como era. Pero no lo hizo, las niñas nunca lo hacen en las historias, si no, no serían historias y mucho menos niñas.

Dicen que a los veinte se casó, cansada de esperar, con un vecino de la comarca, y nadie dice nunca en verdad, que su marido la maltrataba, cada noche, bendita luna, testigos a cientos lo observaban, como la niña que ya era mujer, con sangre bebía plata. Porque no era una niña cualquiera, ni este un cuento a la banalidad pagana, era una niña platense que oía a veces cuanto costaba. Y mientras iba y venía, golpe arriba, golpe abajo, la niña mirada perdida y manos crispadas. Pero la niña ya era mujer, y dicen que un pájaro la ayudaba, cantándole boleros desde la alambrada, unas las más de vino, otras las menos de nada. Y a quien pregunten porqué no lloraba, porqué no gritaba, porqué no huía, le diré que una noche un corcel, que tiempos mejores había visto, fue testigo del mal de la niña platense, trato de saltar la valla y socorrer a la niña, que ya era señora, que ya era dama; pero a mitad del camino el viento le prendió y estampándole en desaire, descuartizó todos sus miembros, cerrando la noche, cerrando la boca de la niña en reproche, matando al caballo, matando su voz, matando hasta la motita de vida que su párpado enmarcaba.

Y qué da lo que digan ahora, lo que digan después, unos años más tarde y aún vuelve a aparecer, abandona de Dios y de su marido, de su techo, de su sol en atardeceres, la niña platense que ya no era ni niña, ni esposa, ni dama; que solo era arena morena quemándose sin fuego ni brasas. ¿Y qué da que no fuera la niña la que lo buscara? Encontró la muerte por donde caminó, y buscó la luna pero ya no quedaban nanas. Cayó una lágrima de nuevo al sueño, y la no niña, no dama, no nada, miro su resplandor plateado recordándose desangrada. Corrió meses a través de los árboles, mezclando la savia con llanto y la ira con calma, y al llegar al borde de este puerto marino, se vio hundir su cuerpo en el agua.

Ella cantaba al sol, a la risa, a la madrugada, a la luna que cría sus noches entre jazmines y a la que lo hace entre zarzas, pero la muerte fue persiguiéndola y ella no pudo escaparla.


Jommy Nivek

Diecisiete de Febrero de 2007 en aquel bar


Hubo un momento, una pausa ínfima que se estableció entre dos de esas canciones de renombre que solían sonar en aquel lugar, dos de las canciones que más adoraba, dos canciones casi perfectas. En ese momento ella cogió el vaso rebosante de un martini que pretendía ser transparente y unos hielos, que si no estaban ya deshechos, lo parecían. Justo en ese instante, al girar la cabeza, notó por primera vez la ausencia que se repetía mirándola fijamente unas mesas más allá. Era una ausencia extraña, olía a colonia, suave pero perfectamente perceptible, de hombre, una colonia que invitaba a besar cada rincón rociado por su aroma. En vista de que aquella ausencia no era prevista precisamente, trataba de incomodarla para que desapareciera del local, para que la dejara tranquila. No bebía nada porque las ausencias no beben asiduamente, pero con tranquilidad se le hubiera pedido una copa.
Cuando dejó el vaso miro en rededor. Buscaba algún indicio en los rostros que abarrotaban el local, quizá ellos si se hubieran dado cuenta de que en ese espacio en el que faltaba alguien, un ser capaz de llenar toda la cafetería con su sonrisa y sus modales, había una ausencia que la miraba, evaluándola. Quizá si lo sabían. Quizá la habían seguido los últimos años de su vida, descubriendo que siempre la acompañaba ese fantasma que no bebía, que no comía, que no la miraba tiernamente, que no la abrazaba, que se despedía de ella en la noche, con la lluvia azotando una persiana rota en alguna habitación; que no era autosuficiente en realidad, que nunca le apagaba las luces para esconder su vergüenza, su llanto, su desolación incompetente que balbuceaba como un niño. Pero aquel momento, aquella pausa en la que los planetas cesaron de moverse, en el que la música, suspendida por una docena de segundos, se detuvo simplemente, ella supo que su fantasma la miraba sin vacilar, buscando en ella lo mismo que ella llevaba años buscando. Le deseo suerte en silencio.
Llegó cierto punto en la velada, en el que ella apuró su vaso. Había acabado toda la escena, la música, la gente; todo se disipaba por una abertura rectangular en la pared de enfrente, ella se levantó, se puso su abrigo negro con soltura y se despidió como hacía cada vez que acudía a aquel lugar, echando un último vistazo a la mesa junto a la puerta, la que estaba a mano izquierda nada más llegar, aquella en la que su fantasma había pedido una cerveza una vez y seguía mirándola a los ojos.
No ha pasado tanto tiempo, se decía a sí misma, o quizá había pasado el suficiente como para que en teoría ni siquiera recordara su nombre. Pero lo hacía; cada noche había dormido con una sensación de vacío en estómago, y era su maldita culpa, la indudable sensación de autocompasión, por haberse permitido el trozo de si misma que le había arrancado cuando sus caminos se separaron. Era como una gigantesca obra de teatro, y a ella, algún actor principal que había escapado de escena, posteriormente calificado de cerdo y gañan, le había robado parte del decorado. Y allí estaba, envuelto en un paquetito de invisibilidad, de santa oscuridad adorada, de silencio inmaculado. No podía deshacerse como hubiese rogado compungida a los astros, así que tragando saliva hizo un gesto de reconocimiento con la cabeza y sonriendo, cruzó el umbral que su acompañante había abierto para ella.
Nunca tendría la seguridad de deshacerse del todo de él, nunca tendría el temperamento de espantar sus fantasmas por muy fuerte que pisara en la calle. Tendría que dormir con quien fuera y con él. Los tres en la misma cama, con sarcasmo, carcomiendo el ánimo, las fuerzas, el poco amor que le quedaba por dar. Cuando apagó las luces de su habitación aquel día reconoció que la música nunca sería mejor que aquel día de febrero, lloviendo mientras escuchaban sin saber que habían vendido sus destinos a pertenecerse sin querer. De una forma muy especial, como cuando una mosca se estrella contra la luna del coche, como cuando entras por primera vez en el mar.

Figuritas de porcelana


Los libros de poesía descansaban en uno de los estantes más altos de la librería, lo sabía porque una vez llegó un extraño a la casa y él se subió a la silla para poder bajar uno de ellos y mostrarlo. Unas pocas figuritas de porcelana impedían moverse con libertad en aquel estante. Quizá era un aviso, un ‘no te acerques más’. Quizá por ese aviso se veían tan irresistibles. Debí leer aquel aviso muchas veces mientras recorría el estudio con la mirada, pero nunca lo respeté, y cruzando las fronteras violé aquel santuario.
Pocas cosas me evocaron y me hicieron viajar tan rápidamente. Su poesía me embriago una y otra vez en noches en las que parecían no sonar tambores, noches sin olor, sin entrañas. Me encantaría retroceder a aquellas noches de sueños en las que disfrutaba de esta música decadente en mis labios, después de años de no saborear más que cenizas. Mirando al infinito para dibujar una sonrisa, un paisaje, un verso.
Cuando leí todas aquellas poesías algo tiró de mí fuera del hogar, llamándome para leer nuevos textos, buscar experiencias que no podría encontrar en el estante tras el ejército de figuritas de porcelana. La guerra, la enfermedad, el horror, me esperaban. Y al fondo, en un lugar casi inalcanzable, tras todos los desastres que se avecinaban podía verse de forma borrosa pero evidente un edén.

Quiero estar sola, cruzar este océano y sentir cada latido de mi corazón cuando hundo la cabeza en el mar. Entregarle mi vida a las olas como a la poesía y navegar sin un destino a esa tierra prometida. Me han augurado malos tiempos y no se decir no a ellos, quiero enfrentarlos como lo hacen los héroes, pero no se si seré un héroe. Quizá no aguante el camino, pero el destino es tan hermoso a lo lejos, y poco a poco se acerca, pero sigue estando lejos, y por más que corro y desisto, por más que pierda, la esperanza sigue brillando aquí dentro
Las heridas vencen finalmente, y ni el mejor de los planes te saca de este abismo de locura. Escribes y escribes por escribir. Miras a tu alrededor y no queda nada de ese edén, ya no hay destino. Los compañeros, las montañas por escalar, los océanos que surcabas con deslizarte, el resuello al acabar de amarnos, la luna. Se lo traga el ojo de un huracán que no esta dispuesto a largarse.
La vida de los hombres se basa en esperar y buscar un destino. La mía se pudrió en la poesía de tus ojos. En este invierno el mar no tragó mi barco.

Acabar...

El frío me hiela por fuera como me hielan por dentro tus palabras. Que triste fin has escogido. Vi mi fe caer como esas gotas de rocío cristalizadas, y como ellas, romperse en el piso en mil pedazos. No siento la angustia por verte lejos, si no por verte cerca y no tenerte. Por ansiar tu rostro en mis manos y ni atisbarlo con la mirada. Por esos ojos que son el cielo. Esos ojos que me arrebatan todo el amor, la pasión y el cariño que llevo dentro. Que sacan cada una de mis virtudes ante cada uno de mis defectos. Y me dicen en voz baja de nuevo que he de mirarte y morirme por dentro, aunque sea lo último que haga. Pues de ese modo, toda la alegría y el furor que llevo adentro morirán de tristeza a mis pies descalzos. Y así mi alma morara en paz dentro de la gruesa mascara que asemeja mi piel, y las turbulencias de tus ojos no verán respuesta en mis pupilas dilatadas por contener tanto amor, como olas contiene el mar, y estrellas la noche.
Creo habitar un continente donde las ánimas caminan vacías, como espectros que inundan las sombras. Las sombras que las luces como tu provocan. Las noches a tu lado. Eres cada suspiro, cada gota colmando unos labios sedientos, cada murmullo a hojas de otoño que caen en orden caótico de sus ramas. Eres el universo personalizado, girando en un sinfín de colores calmados y de colores vivos, de penas que ahondan el ánimo y alegrías que sustentan el cuerpo. Eres mi vida en un solo contacto. Como un vínculo espinoso que vierte un néctar dulce en la sangre amarga.
Y no puedo imaginar esas cosas insignificantes sin tu brazo como almohada, y tus latidos en mi oído, tus labios en mi pelo, y tu cuerpo entre mis brazos. Es tan eterna la soledad para el alma que vaga tierna y ausente en mi cuerpo. Mi cuerpo que medio muerto pide vida, su vida. Te pide a ti a gritos. Gritos estertóreos. Gritos desesperados. Gritos que matizan el sufrimiento por encima de lo humano, de lo simplemente creíble. Gritos que me dejaron sin voz y sin aliento. Y que no te trajeron de vuelta al final de la fría jornada.
Te vi paseando a lo lejos, solitario, describiendo tu enojo de siempre. Pensabas en las historias, eso que jugábamos a llamar movidas, y acabaron siendo cristales rotos en el suelo, bajo nuestros pies que descalzos bailaban una danza vigorosa y sonriente que pretendía contenernos, amantes. Lastimados fijábamos nuestras pupilas adormecidas por el vicio de lo embriagante de la noche, y nuestros sentidos trataban de filtrar toda esa información para hacerla visible ante nuestra conciencia tocada, herida en gran medida por nuestra inconsciencia. Y así con muchas fintas y sosegadamente comenzamos lo que llamábamos bronca, pero que en el fondo era rabia contenida por las horas de compañía vana. Así se destruyó lo encantador, lo simplemente cotidiano y lo infinitamente deslumbrante de nuestro cariño. Así sobrevino un alud sobre nuestro bajo techo, nuestras altas pretensiones, nuestro comportamiento fingido, egoísta y tremendamente amante y considerado. El amor no es considerado, es sincero. Nosotros lo enfundamos por no sentirnos soberbios, y no solo fuimos soberbios, fuimos cobardes.
Y lo lamento hoy y lo lamentaré siempre, pero ese día murió toda inocencia en nuestras palabras. Murió la pasión pura y sencilla de tus brazos rodeándome, de mis lágrimas refugiándome, de tu sonrisa conquistándome. Y aunque nos queramos toda la vida, que nos querremos, la locura cuerda y esperanzada que nos unía no sobrevivió. La envenenamos día tras día, desengaño tras discusión. Horror tras tragedia.
Y quizá no vuelva a ver tu rostro en mis manos y tus manos enlazando mi cintura en un beso tan real y físico como imaginario. Pero tu nombre vivirá eternamente entre esos huecos tan divinos donde tus manos enlazaron en tan perfecta armonía las mías.

lunes, diciembre 08, 2008

Descripciones callejeras


Apoyado en la pared con el pie derecho descansa, espera, Víctor Quintero. Está en la calle como acostumbra, tiene un cigarrillo que echa humo entre unos labios finos y apretados, y un gesto de desprecio como seña de identidad.
Es moreno, noche azul y oscura tiñe su corta melena, y suele llevar sombrero. Pocos han visto sus ojos, y ven la muerte en ellos seguro. Son negros y profundos pero pequeños, enarbolados en un ceño de poco pobladas cejas. El desamor ha dejado huellas profundas en su frente y su mirada. La piel es clara, por eso de andar siempre de noche buscándose la vida. Es alto y desgarbado, con extremidades largas y algo de barriguilla por encima del cinturón, pero casi no se ve, de eso se ocupa ya él. El traje de esta noche es marrón claro, a juego con el sombrero que oculta los mechones de pelo rebeldes que ocultan sus ojos. Pero ve, y mira con impaciencia mal fingida el número 7 de la calle de enfrente. No se sabe, como nunca, a quién espera ver aparecer.
Personaje tenebroso donde los haya, chulesco y pretencioso, sabe guardar la apariencia para salir a cazar, algo que se le da lo suficientemente bien como para haber sobrevivido y no es poco. No se le ve casi entre las sombras de la puerta del bar en el que espera. Sus movimientos son lentos, no lo suficiente para fijarse en él, pero si para no llamar la atención a los transeúntes. Coge el cigarro y lo tira. Casi inmediatamente enciende otro. Su maestro le dijo que no hay acción más deslumbradora que fumar, y oculta así a quién lo hace.
De vivir de la investigación y el pillaje, a veces del homicidio incluso, le han quedado marcas de angustia irrevocables en el alma, y ya ni Dios puede sacarle de la madriguera en la que se ha puesto a escarbar esta vez.

Presentarse

El primero siempre tiene que ser diferente... algo nuevo supongo. Pero no se cómo empezar esta vez la verdad. No quiero decir quién soy, ni qué hago, no quiero mostrar mi aspecto, solo quiero volcar todas esas cosas que nunca conté y siempre quise. Y puede que nunca nadie lea estas líneas, y aún así, para mí merecerá la pena. Gracias a quien creo los blogs, y a quien escuche.


Amor, Nana