lunes, diciembre 22, 2008

Diecisiete de Febrero de 2007 en aquel bar


Hubo un momento, una pausa ínfima que se estableció entre dos de esas canciones de renombre que solían sonar en aquel lugar, dos de las canciones que más adoraba, dos canciones casi perfectas. En ese momento ella cogió el vaso rebosante de un martini que pretendía ser transparente y unos hielos, que si no estaban ya deshechos, lo parecían. Justo en ese instante, al girar la cabeza, notó por primera vez la ausencia que se repetía mirándola fijamente unas mesas más allá. Era una ausencia extraña, olía a colonia, suave pero perfectamente perceptible, de hombre, una colonia que invitaba a besar cada rincón rociado por su aroma. En vista de que aquella ausencia no era prevista precisamente, trataba de incomodarla para que desapareciera del local, para que la dejara tranquila. No bebía nada porque las ausencias no beben asiduamente, pero con tranquilidad se le hubiera pedido una copa.
Cuando dejó el vaso miro en rededor. Buscaba algún indicio en los rostros que abarrotaban el local, quizá ellos si se hubieran dado cuenta de que en ese espacio en el que faltaba alguien, un ser capaz de llenar toda la cafetería con su sonrisa y sus modales, había una ausencia que la miraba, evaluándola. Quizá si lo sabían. Quizá la habían seguido los últimos años de su vida, descubriendo que siempre la acompañaba ese fantasma que no bebía, que no comía, que no la miraba tiernamente, que no la abrazaba, que se despedía de ella en la noche, con la lluvia azotando una persiana rota en alguna habitación; que no era autosuficiente en realidad, que nunca le apagaba las luces para esconder su vergüenza, su llanto, su desolación incompetente que balbuceaba como un niño. Pero aquel momento, aquella pausa en la que los planetas cesaron de moverse, en el que la música, suspendida por una docena de segundos, se detuvo simplemente, ella supo que su fantasma la miraba sin vacilar, buscando en ella lo mismo que ella llevaba años buscando. Le deseo suerte en silencio.
Llegó cierto punto en la velada, en el que ella apuró su vaso. Había acabado toda la escena, la música, la gente; todo se disipaba por una abertura rectangular en la pared de enfrente, ella se levantó, se puso su abrigo negro con soltura y se despidió como hacía cada vez que acudía a aquel lugar, echando un último vistazo a la mesa junto a la puerta, la que estaba a mano izquierda nada más llegar, aquella en la que su fantasma había pedido una cerveza una vez y seguía mirándola a los ojos.
No ha pasado tanto tiempo, se decía a sí misma, o quizá había pasado el suficiente como para que en teoría ni siquiera recordara su nombre. Pero lo hacía; cada noche había dormido con una sensación de vacío en estómago, y era su maldita culpa, la indudable sensación de autocompasión, por haberse permitido el trozo de si misma que le había arrancado cuando sus caminos se separaron. Era como una gigantesca obra de teatro, y a ella, algún actor principal que había escapado de escena, posteriormente calificado de cerdo y gañan, le había robado parte del decorado. Y allí estaba, envuelto en un paquetito de invisibilidad, de santa oscuridad adorada, de silencio inmaculado. No podía deshacerse como hubiese rogado compungida a los astros, así que tragando saliva hizo un gesto de reconocimiento con la cabeza y sonriendo, cruzó el umbral que su acompañante había abierto para ella.
Nunca tendría la seguridad de deshacerse del todo de él, nunca tendría el temperamento de espantar sus fantasmas por muy fuerte que pisara en la calle. Tendría que dormir con quien fuera y con él. Los tres en la misma cama, con sarcasmo, carcomiendo el ánimo, las fuerzas, el poco amor que le quedaba por dar. Cuando apagó las luces de su habitación aquel día reconoció que la música nunca sería mejor que aquel día de febrero, lloviendo mientras escuchaban sin saber que habían vendido sus destinos a pertenecerse sin querer. De una forma muy especial, como cuando una mosca se estrella contra la luna del coche, como cuando entras por primera vez en el mar.

No hay comentarios: