lunes, diciembre 22, 2008

Cuentos de luna y fuego


Cuentan, y creo que no más por contar, que en una tierra había una niña de una belleza vulgar, nada de príncipes, nada de princesas, nada de zapatos de cristal. Los vecinos decían que al diablo llevaba en las venas. De castaños negros sus cabellos teñidos. La luna en las pupilas tatuada, de tantas veces que mirando al cielo ésta le traspasó el alma. La niña solo cantaba a la luna en noches frías, nanas de vino, nadas de pan. Vivía en una casita, altos techos, altas vigas, y una ventana a poniente donde despedir el día. Y una tarde de esas que sol doraba a la altura de la panza, escapó la niña a su ventana, alzó la vista a poniente como siempre obsequiada, y deleitó sus ojos en una tibia marea de cálidos rescoldos. Y no sabía porqué, pero una lágrima se deslizaba lentamente mejilla abajo, abriéndose paso por la piel cuarteada y las pecas desperdigadas, abriéndose paso por la inocencia de su carne rosada y tibia, y al pasar por la barbilla, allí donde terminaba un rostro de más y de menos, se despegó de su trayectoria y fue a estamparse con el suelo, provocando un sonido tenebrosamente hueco. Y fue entonces, quizás, cuando la niña que sonreía la luna, la niña que levantaba el cuerpo de la cama lentamente, la que caminaba descalza para sentir el tacto del suelo, la niña que miraba atardeces y amaneceres por gusto; creció de pronto. Nunca supo nadie porque, el tiempo se aceleró desde ese día, y cuarenta años después se sigue preguntando qué sería de ella si hubiese mirado al sol de frente y le hubiera cantado las cuarenta, le hubiera dicho que estaba cansada, que no quería mas atardeceres, ni mas imágenes, ni más calor, que se quería a sí misma como era. Pero no lo hizo, las niñas nunca lo hacen en las historias, si no, no serían historias y mucho menos niñas.

Dicen que a los veinte se casó, cansada de esperar, con un vecino de la comarca, y nadie dice nunca en verdad, que su marido la maltrataba, cada noche, bendita luna, testigos a cientos lo observaban, como la niña que ya era mujer, con sangre bebía plata. Porque no era una niña cualquiera, ni este un cuento a la banalidad pagana, era una niña platense que oía a veces cuanto costaba. Y mientras iba y venía, golpe arriba, golpe abajo, la niña mirada perdida y manos crispadas. Pero la niña ya era mujer, y dicen que un pájaro la ayudaba, cantándole boleros desde la alambrada, unas las más de vino, otras las menos de nada. Y a quien pregunten porqué no lloraba, porqué no gritaba, porqué no huía, le diré que una noche un corcel, que tiempos mejores había visto, fue testigo del mal de la niña platense, trato de saltar la valla y socorrer a la niña, que ya era señora, que ya era dama; pero a mitad del camino el viento le prendió y estampándole en desaire, descuartizó todos sus miembros, cerrando la noche, cerrando la boca de la niña en reproche, matando al caballo, matando su voz, matando hasta la motita de vida que su párpado enmarcaba.

Y qué da lo que digan ahora, lo que digan después, unos años más tarde y aún vuelve a aparecer, abandona de Dios y de su marido, de su techo, de su sol en atardeceres, la niña platense que ya no era ni niña, ni esposa, ni dama; que solo era arena morena quemándose sin fuego ni brasas. ¿Y qué da que no fuera la niña la que lo buscara? Encontró la muerte por donde caminó, y buscó la luna pero ya no quedaban nanas. Cayó una lágrima de nuevo al sueño, y la no niña, no dama, no nada, miro su resplandor plateado recordándose desangrada. Corrió meses a través de los árboles, mezclando la savia con llanto y la ira con calma, y al llegar al borde de este puerto marino, se vio hundir su cuerpo en el agua.

Ella cantaba al sol, a la risa, a la madrugada, a la luna que cría sus noches entre jazmines y a la que lo hace entre zarzas, pero la muerte fue persiguiéndola y ella no pudo escaparla.


Jommy Nivek

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