lunes, diciembre 08, 2008

Descripciones callejeras


Apoyado en la pared con el pie derecho descansa, espera, Víctor Quintero. Está en la calle como acostumbra, tiene un cigarrillo que echa humo entre unos labios finos y apretados, y un gesto de desprecio como seña de identidad.
Es moreno, noche azul y oscura tiñe su corta melena, y suele llevar sombrero. Pocos han visto sus ojos, y ven la muerte en ellos seguro. Son negros y profundos pero pequeños, enarbolados en un ceño de poco pobladas cejas. El desamor ha dejado huellas profundas en su frente y su mirada. La piel es clara, por eso de andar siempre de noche buscándose la vida. Es alto y desgarbado, con extremidades largas y algo de barriguilla por encima del cinturón, pero casi no se ve, de eso se ocupa ya él. El traje de esta noche es marrón claro, a juego con el sombrero que oculta los mechones de pelo rebeldes que ocultan sus ojos. Pero ve, y mira con impaciencia mal fingida el número 7 de la calle de enfrente. No se sabe, como nunca, a quién espera ver aparecer.
Personaje tenebroso donde los haya, chulesco y pretencioso, sabe guardar la apariencia para salir a cazar, algo que se le da lo suficientemente bien como para haber sobrevivido y no es poco. No se le ve casi entre las sombras de la puerta del bar en el que espera. Sus movimientos son lentos, no lo suficiente para fijarse en él, pero si para no llamar la atención a los transeúntes. Coge el cigarro y lo tira. Casi inmediatamente enciende otro. Su maestro le dijo que no hay acción más deslumbradora que fumar, y oculta así a quién lo hace.
De vivir de la investigación y el pillaje, a veces del homicidio incluso, le han quedado marcas de angustia irrevocables en el alma, y ya ni Dios puede sacarle de la madriguera en la que se ha puesto a escarbar esta vez.

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